AySA recupera 80 ventiletas sanitarias antiguas que tenía la Ciudad

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Publicado: 21/08/2019
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Se reveló cuando demolieron un viejo edificio industrial en Suárez al 1700. Pero la enorme chimenea que apareció nunca ventiló el humo de una fábrica, sino los gases de las entrañas de Buenos Aires. Es una de las 80 "ventiletas" de las primeras cloacas que se construyeron en la Ciudad.

Entre 1867 y principios de 1870, el cólera y la fiebre amarilla provocaron la muerte del 10 % de la población porteña. Fallecieron 18.000 personas. Las enfermedades se propagaron rápido en una ciudad con pozos ciegos que contaminaban el agua de los aljibes. Porque en esa época no había agua potable, sino que se recogía la de lluvia o se recurría al aguatero, que la traía del Río de la Plata.
 
Las epidemias pusieron en evidencia que hacía falta un sistema de saneamiento. La primera red de provisión de agua filtrada fue diseñada por el ingeniero inglés John Coghlan y puesta en marcha en 1869. Con 20.000 metros de cañerías, sólo abastecía al 8% de la población a través de surtidores públicos. En 1871, durante la presidencia de Sarmiento, contrataron a otro británico, John Bateman. Su misión fue diseñar un sistema para llevarle 180 litros de agua potable por día a 300.000 habitantes mediante conexiones domiciliarias. Para esto, hacía falta un establecimiento para producir 5.400 m3 de agua potable por día. Pero también, desagües pluviales y cloacas.
 
Uno de los debates fue qué hacer con las aguas negras o cloacales. Una opción era usarlas para irrigar cultivos. Pero se eligió otra alternativa: sanearlas en una planta en Wilde y arrojarlas en el Río de la Plata. El sistema sigue funcionando hasta hoy. En AySA explican que los desechos cloacales de unas 4,5 millones de personas confluyen en tres cloacas máximas, que los llevan a la Estación Elevadora de Wilde que recibe 1.843.800 m3 por día y los deriva hacia la Planta Berazategui. Allí son tratados y volcados al río a través de un emisario de 2.5 kilómetros. Actualmente se encuentra en construcción una cuarta cloaca máxima, como parte del Sistema Riachuelo.
 
Esas extrañas chimeneas que aparecen en la Ciudad forman parte de aquel sistema planeado por Bateman. Las construyeron entre 1880 y 1920, con ladrillos colorados hechos en una fábrica que Obras Sanitarias tenía en San Isidro. Son octogonales y se van angostando en altura, hasta terminar en un remate de material con un pararrayos.
 
En realidad, no se trata de chimeneas. Lejos de sacar humo, permiten el venteo de los gases que emanan los residuos cloacales y su oxigenación, además de su escurrimiento, porque evitan el vacío por succión.
 
Las "ventiletas" están ubicadas cada 3 o 4 kilómetros. Algunas tienen 35 metros de altura, otras 30 y otras 25. ¿Qué pasaría si no estuvieran? El mal olor sería intenso y habría contaminación con gas metano, producto de la descomposición de la materia orgánica.
 
El concepto de ventilación, según explican en AySA, es clave dentro de todo el proceso de saneamiento. Así como las chimeneas airean las cloacas máximas, en las instalaciones domiciliarias se incluye una ventilación a los cuatro vientos. Para la misma función, en cada esquina hay una boca de registro de AySA, con un marco y una tapa metálica circular de 60 centímetros.
 
"AySA hoy lleva adelante un Plan de Mantenimiento y Mejora, que contempla el relevamiento, diagnóstico y mantenimiento de todas las chimeneas de la concesión -detallan en la empresa-. Se busca asegurar su funcionamiento y conservar el patrimonio arquitectónico que estas representan".
 
Es que estas chimeneas sin humo están protegidas. Algunas son más visibles que otras, pero vale la pena seguir su rastro a través de los barrios. El mismo rastro que, bajo tierra, trazan las cloacas máximas.
 
La ventileta más notoria está en Álvarez Thomas entre Forest y 14 de Julio, en Colegiales. En Coghlan hay una en Washington y Congreso. Y otra bien escondida se encuentra cerca de la cancha de Atlanta, en Humboldt y Murillo. La chimenea de la zona de Parque Centenario está en Acevedo, entre Díaz Vélez y Aranguren, y hay otra en Rocamora al 4200. Pero hay más, como la de Inclán y avenida La Plata, en Boedo, o hacia el oeste, las de Gaona y San Nicolás en Floresta, y Murguiondo y Coronel E. Garzón en Mataderos. Eso sí: no siempre están visibles o son fáciles de encontrar.
 
Recoleta también tiene las suyas: una en Pacheco de Melo y Austria, y otra en Anchorena y Juncal. Porque más o menos favorecidos, los habitantes de todos los barrios de la Ciudad generan desechos orgánicos, que a su vez producen los mismos gases y emprenden el mismo viaje a través de la Ciudad. Un viaje que pasa por una planta de Wilde y que termina en el Río de la Plata.
 
CLARIN.COM